El eterno dilema: ¿arrancar o no arrancar la costra? 🤔
Todos hemos estado ahí. Te haces una herida, aparece esa costra tentadora… y de repente tu dedo empieza a pensar por su cuenta: «¿Y si la quito?» Spoiler: la respuesta casi siempre es no.

Hay un mito por ahí que dice que la costra puede causar infecciones, pero no es tan simple. Si la herida está limpia y cuidada, la costra no es tu enemiga. De hecho, es más bien tu guardaespaldas. Eso sí, si la herida está sucia o no la limpiaste bien, ahí sí que conviene quitar la costra para poder limpiar a fondo y dejar que se forme una nueva, ahora sí en un terreno limpio.
El problema es que si arrancas la costra antes de tiempo, puedes acabar con una cicatriz más visible, porque obligas a la piel a cerrar la herida “a pelo”, directamente expuesta al mundo exterior.
Pero… ¿qué es exactamente una costra?
Cuando te haces un corte, las plaquetas (esas pequeñas heroínas de tu sangre) se unen y forman un coágulo, que es básicamente un parche natural que detiene el sangrado. Ese coágulo lleva fibrina, una especie de malla que lo mantiene todo en su sitio.
Luego, ese coágulo se seca y endurece… ¡y voilà! La famosa costra. Su misión: actuar como escudo anti-gérmenes y darle tiempo a tu piel para repararse.
Debajo de la costra, hay un festival de reparación:
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Se fabrican nuevas células de piel.
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Los vasos sanguíneos dañados se reconstruyen.
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Los glóbulos blancos se ponen en modo “guardia real” para cazar gérmenes y limpiar células muertas.
Cuando todo termina y la piel ya está lista, la costra se cae solita, normalmente entre una y dos semanas. Y ahí es cuando tienes tu piel nuevecita.
La regla de oro
Deja la costra tranquila. Ella sabe cuándo irse. Si la quitas antes, puedes romper el trabajo que ya estaba hecho, tardar más en curar y, encima, ganar una cicatriz de recuerdo.
La única excepción: heridas grandes que no cicatrizan bien porque la costra está bloqueando el proceso. En ese caso, hay que quitarla, pero solo con ayuda de un profesional, que decidirá si hacerlo manualmente o usando productos que la eliminen poco a poco.
Así que ya sabes: la próxima vez que esa costra te guiñe un ojo, recuerda que no es tu enemiga… es tu aliada temporal.
Nos vemos por los pasillos… pero esperemos que sin heridas que contar 😉